miércoles, 28 de mayo de 2008
EL ANTICUARIO
La noche en que todo pasa, nada queda y yo estaba allí. Crucé el angosto pasillo del bar para llegar al final de la barra. Las tablillas de madera crujían a cada paso que daba. Una eternidad -pensé-. Me senté en un taburete a esperar su llegada a la vez que, sin mediar palabra, le hice un gesto al camarero, señalando la botella de Cardhu que guardaba en una vitrina superior junto a otra botella de ron Matusalém, como si de un trofeo se trataran. Después de unos cortos pero intensos sorbos de whisky, llegó ella. Era como la fotografía que me había enseñado el confidente. Mujer caucásica, pelo rubio, 175 centímetros de altura, y con una cicatriz en la mejilla izquierda, ligeramente disimulada por el maquillaje. Guapa, muy guapa. Pasó delante de mí, pese a que sabía que era yo la persona con la que se había citado. Se sentó en un reservado de sofás y llamó al camarero levantando el Galloises que llevaba humeante entre los dedos. Me miró y, como hipnotizado, me acerqué a ella... (CONTINUARÁ)
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